Principios Constitucionales y su Impacto Social en Venezuela

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Decadencia es una palabra sonora. Una palabra persistente, constante. Siempre a mano.

Viví en un país, una sociedad, en contra de la creencia del mundo desarrollado, en los que loss cimientos políticos estaban bien establecidos. Luego fueron carcomidos por la corrupción. Corrupción no solo económica sino moral. La económica es, después de todo reparable, y por tanto, tolerable hasta cierto punto, porque deteriora pero no destruye.

Todos sabíamos que la Constitución de la nación no era perfecta, pero en términos generales, estaba bien armada. Dejaba pocas dudas, muy pocas, en cuanto a la conformación política, social y económica, al mismo tiempo que explicaba bien la estructura del estado y la sociedad. Era poco lo que tenía que lidiar entre el «espíritu del legislador» y la propia intención plasmada en la norma.

Tenía la bondad, esa Constitución, de definir y establecer bien los principios que regían el país como una nación.

Los legisladores que la concibieron, redactaron y promulgaron, la pensaron al detalle, a tal extremo que disponía de mecanismos de autoprotección.

Principios básicos que recién ahora se discuten en algunos países desarrollados como innovadores, o se cuestionan por el progresismo o las tendencias conservadoras, ya eran contemplados y aplicados en esa Constitución puesta en marcha hace 63 años.

Más de medio siglo hace que en Venezuela no se mira si una mujer podía ser ministra o presidente del Tribunal Supremo, o del Congreso Nacional. No nos deteníamos en si una mujer tenía derecho a llevar pantalones, a divorciarse o a acceder a un alto cargo administrativo, o a abrir una cuenta en un banco.

Sí, es cierto que luego había discrepancias y hechos de discriminación en ámbitos locales. Que había violencia o desigualdad. Que unas regiones del país tenían mejores servicios que otras. Nadie puede negar eso. Pero también es cierto que era tan normal que el hijo de un maestro o de un bedel llegara a la Universidad o a ser oficial de estado mayor de las fuerzas armadas, que no nos dábamos cuenta de que eso que parecía normal, era un privilegio en otros países del entorno o de otros continentes.

Viene la decadencia. Malinterpretar los principios o pretender aplicar principios extemporáneos, anacrónicos. O desdeñarlos, porque no se ajustan a una visión política. Todo eso resquebraja la estructura social fundamental. Hace que esa convivencia esté amenazada y termine fragmentándose. Hay conflicto. El deterioro de esa estructura sociopolítica destruye tanto los lazos como las relaciones económicas, sociales, políticas y personales.

Las sociedades, en general, siempre están amenazadas por esa tendencia al desorden. Por naturaleza propia, por influjos exógenos, o por intereses internos, la estructura tiende a desajustarse. A veces, fuerzas o líneas de pensamiento, con la mejor intención, con la visión de un modelo de sociedad sublimado, tanto en su método como en su resultado, tienden a desestabilizar tanto la estructura social y económica, que provocan la decadencia y disolución de la propia sociedad.

El proceso comienza por ceder en principios y limites inicialmente inviolables. Por retirar los propios límites para complacer o «beneficiar» a alguna minoría, o por razones menos genuinas y más espurias. Por negociaciones que vencen la resistencia de los mecanismos de protección del sistema.

Así, una sociedad consolidada, supuestamente refractaría a la acción de esos agentes, se vuelve vulnerable y cae.