Las comisiones

Si deseas que algo no funcione, crea una comisión. No es una frase recién acuñada, pero se amolda perfectamente al modo político de actuar, tanto en el ámbito local como en el global. Es una afirmación perfectamente aplicable a cualquier resultado de un análisis de una situación de crisis en la esfera política y en la empresarial.
Aun en aquellas actividades que en apariencia no tienen fondo político, en las educativas, comerciales o sanitarias, es una conclusión recurrente la necesidad de crear una comisión – o varias comisiones – que considerará, estudiará, identificará, ordenará, determinará, dirigirá o propondrá guías, hojas de ruta, mapas, esquemas de trabajo, diagramas de flujo o protocolos para la actividad, problema, o catástrofe.
No importa la magnitud del asunto, una comisión, multidisciplinaria si es posible, representativa, por supuesto, y dedicada, ¡claro!, se encargará del caso.
Los miembros de la comisión derramarán toda su sabiduría, y administrarán todos sus esfuerzos, eso sí, de manera controlada, a la resolución del problema, a la gerencia de la actividad, o a la consecución de los objetivos.
Luego vendrán las ausencias, las excusas, o las diatribas, así como los desacuerdos, consecuencia de lo cual un líder natural o sobrevenido terminará por tomar las decisiones que se cubrirán con el manto y el cobijo de la comisión, del órgano colegiado, y que lo políticamente correcto impide salgan a la luz desde su núcleo original, la mente del líder.
Las comisiones ahora se llaman grupos de trabajo.

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