La barbarie sobre la civilización

Hoy escuche una noticia estremecedora. Fue en La brújula de Ondacero. En pleno siglo 21, el siglo del futuro, de la vanguardia, de los avances, aún hay regiones enteras, países con desequilibrios sociales marcados, producto de las notables distancias de clase, en los que prevalecen conductas violentas de grupos que ejercen dominio sobre las personas indefensas. Doblemente indefensas por razón de su condición pacífica y pasiva, pero además porque el estado es incapaz de protegerlas.

Un grupo terrorista, caracterizado como insurgente e islamista denominado Boko Haram está actuando con impunidad en Nigeria atacando por ejemplo la educación no musulmana. Ha arrasado poblaciones, efectuado matanzas, y destruído escuelas que no mantengan dentro de su currículo el componente religioso islámico.

La última acción de este grupo ocurrió hace una semana, cuando secuestró a 200 adolescentes que se encontraban estudiando en una institución para emplearlas como esclavas y someterlas al imperio de hombres mayores. Al parecer 40 de las 200 adolescentes pudieron escapar, pero el ejercito y en general las fuerzas policiales, en resumen el estado nigeriano, ha sido incapaz de encontrar a las víctimas y someter a la justicia al irregular grupo.

Es la aplicación de la ley del más fuerte. Es el predominio de la barbarie sobre la civilización. Es lo que hace en definitiva que países con abundantes recursos, como ocurre con Nigeria que tiene petróleo, no alcancen el desarrollo y hace prever que no llegarán a ese desarrollo deseado al menos a mediano plazo. Un país en el cual el estado no es capaz de garantizar la igualdad de oportunidades, la justicia, la libertad o la vida, aunque nade en la abundancia y reciba inversiones cuantiosas no llegará a cotas de desarrollo aceptables, aunque los fríos y anodinos indicadores económicos así lo puedan expresar.

Es evidente que África tiene muy poca importancia para los medios occidentales. Está claro que una noticia así ha pasado como intrascendente tomando en cuenta la magnitud del crimen, el grado de violación de derechos humanos fundamentales. Esta actitud de los medios y los organismos internacionales no hace sino subrayar el racismo subyacente a las decisiones y aproximaciones al problema africano y en general, a los problemas del ámbito del subdesarrollo. Este sigue existiendo y existirá, ni siquiera porque lo promueva el establishment, las potencias económicas o los complejos industriales, sino porque la verdadera pasividad racista y discriminatoria de la civilización occidental lo permiten. La diferencia parece sutil pero no lo es.

Permitir la persistencia del subdesarrollo implica una falta de acción, implica negligencia, porque sabiendo lo que hay que hacer, conociendo el problema y su solución, se prefiere ignorarlo y desdeñarlo. La sociedad occidental destina cuantiosos recursos económicos para paliar, para subsanar o aliviar, pero no tiene programas reales, no desarrolla planes de acción y de aplicación de justicia social que terminen por resolver los desajustes severos que conllevan a la aparición de grupos dominantes por medio de los diversos tipos de violencia sobre grupos poblacionales indefensos. Indefensos también porque han sido incapaces de proveerse de medios sociales fuertes que controlen la actitud caótica social potencial.

Toda sociedad, como todo sistema, tiende al desorden. Sin embargo los sistemas sociales cuentan o deberían contar con el control humano inteligente, el que se ejerce por medio de leyes, aplicación de justicia, democracia y control legítimo de la violencia. En mayor o menor grado la sociedad tiende al caos, pero la educación, los valores, las leyes, la democracia y la justicia permiten que ese caos no ocurra y prevalezca el goce de los derechos humanos y sociales en libertad. No propugno una intervención también violenta, pero parte del problema africano y del mundo subdesarrollado es la falta de atención institucional y mediática.

 

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