Angustia y miedo

No le gustaría nada pero no había más, tenía que ser de esa manera. El momento se acercaba y las posibilidades se estrechaban. Una gran presión agobiante iba posándose lenta e inexorable sobre su cuello, su espalda, sus hombros, tensando sus extremidades inferiores, apretando su cintura, abriendo su pelvis y aprisionando su tronco, lo que hacía el esfuerzo de respirar cada vez más consciente. Un sudor irritante formaba gotas deslizantes por sus sienes y también caían desde el lóbulo nasal obligándole a limpiarlas para evitar que se precipitaran sobre su campo de acción, y para aliviar el prurito insoportable.

No hay calor mayor y más sofocante que el de la presión emocional. Dispersar las emociones y cuantificar los errores, singularizar el momento para destinar sus pensamientos a un objetivo claro e ineludible. La consciencia única de lo inevitable. Obsesión constante en vigilia larga e inútil para terminar afrontando sus temores.

No conocía ese miedo hasta ahora. Era un miedo diferente, persistente y sagaz. Astuto y calculador, insistente y voraz. Aparecía y aparecía, destrozando la tranquilidad y la pasividad, cuando parecía controlado, desordenando los pensamientos formales y trayendo opciones inverosímiles o simplemente estúpidas. Destellos de sinapsis gradualmente complejas, intrincadas y diversas, para converger en soluciones poco relevantes, muy simples o demasiado complicadas.

No está mal tener miedo. Es una emoción necesaria, un recurso primitivo protector. Activa las respuestas del cerebro más profundo ante las amenazas físicas. El problema es que ciertas situaciones no son físicas, no vale huir o luchar, en tanto el arquiencéfalo no discrimina. La consciencia decide ante los estímulos de acuerdo al aprendizaje. El miedo cala y desarma, abotaga y ralentiza, dispersa, desconcentra. De qué sirve sudar, dilatar las pupilas, aumentar la frecuencia respiratoria, abrir las fosas nasales, o aumentar el peristaltismo o aumentar la agudeza visual, o enfriar el cuerpo, o aumentar el gasto cardíaco en situaciones en las que no hay que correr.

La sequedad oral empasta la saliva, adhiere las mucosas y aparece la disfagia. Humedad supralabial, más goteo y prurito, más distracción.

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